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ART. 2.- El derecho de autor nace con la creación de la obra sin que sea necesario registro, depósito, ni ninguna otra formalidad para establecer la protección reconocida por la presente Ley.
Las formalidades que en ella se establecen son para mayor seguridad jurídica de los titulares de los derechos que se protegen.
ART. 3.- La presente Ley ampara los derechos de todos los autores bolivianos, de los extranjeros domiciliados en el pais y las obras de extranjeros publicadas por primera vez en el país. ..."

jueves, 7 de enero de 2016

EL DUENDE DE EL PUENTE


EL DUENDE DE EL PUENTE
                                                                                                                                    
                                                                                         Santa Cruz – Bolivia

Fiuuu  fiuuuu era el silbido que siempre escuchaba Pedrito al cruzar aquella  estrecha calle de tierra sedienta, besada por aquel sol abrazador, que era lo  único que lo distanciaba de la casa de su primo Juan Fernando. Silbido que conseguía distraer su atención y le hacía incluso olvidar por momentos el motivo de su caminata.
 
Así crecía Pedrito, siendo un niño precioso, travieso, tierno, de largas pestañas y cabellos lacios y rubio. Vivía  en aquel pueblito oriental llamado El Puente, que a pesar de contar con una escasa población mantenía y mantiene hasta ahora fuertes sus creencias enraizadas en el tiempo, muy propias de las costumbres de la selva. 

A pesar de tener tan solo tres años de edad y unos pocos meses, era independiente, seguro y ya podía hablar perfectamente, por lo que en casa le permitían ir caminando solo, ya que la distancia entre su casa y la de Juan Fe era corta. 
Pero siempre retornaba a casa diciendo que un niño delgado y alegre les silbaba, les invitaba dulces, jugaba con ellos y les contaba cuentos. Esto preocupaba a la familia, ya que en los alrededores no había más niños de la edad de los pequeños.
Pero más que todo la preocupación se debía a que desde siempre  se escuchaban  las historias del duende o “silbaco”, como en el pueblo se conocía al duendecillo que rondaba algunos lugares para llevarse a los niños. A quien en la mayoría de las ocasiones en que se lo había visto, iba con un gran sombrero y ropa blanca e impecable y siempre conquistaba la amistad de los niños con dulces y juegos. 

Incluso se decía que si alguien dejaba solos a los caballos amarrados en algún árbol, el silbaco en un descuido y en un abrir y cerrar de ojos les trenzaba las crines. Y si alguna niña bonita de largos cabellos se extraviaba en el monte y por suerte la encontraban, regresaba con la melena completamente trenzada en finas trenzas que eran difíciles de destrenzar. Todos esos comentarios y cuentos se tejían alrededor de las historias del silbaco y los niños del lugar. Todos los habitantes del El Puente creían ciegamente en la veracidad de todas esas historias, contadas por sus mismos abuelos y amigos. 

Por eso, cuando Pedrito retornaba de casa de su primo y contaba los juegos con un niño desconocido, toda la familia se miraba en silencio, temerosa, ya que ellos también escuchaban aquel silbido agudo y estridente que surgía de vez en cuando de algún lugar de la selva; pero que todos desconocían  desde donde provenían y especialmente de quien.
Pedrito contaba a detalle que cuando ellos jugaban, el niño les silbaba desde los matorrales e interrumpía sus juegos, para luego acercárseles e iniciar un nuevo y divertido  juego. Pero extrañamente ningún familiar conseguía ver ni conocer al niño del que hablaba el pequeño.

Aquella tarde calurosa de domingo, Pedrito ya estaba con sus pantaloncitos cortos y su camiseta preferida, impecable, listo para ir a buscar a Juan Fe y salir a jugar. 

Caminó unos pasos hacia la casa de su primo y cruzaron juntos al lote baldío del frente, que estaba rodeado de matorrales que se abrían paso a la selva virgen.   

Doña Esperanza, perspicaz y alegre vecina de la casa, se encontraba horneando pan a pesar del sol ardiente de la tarde y desde su patio, conseguía ver a los dos pequeños jugando, riendo y gritando a voz en cuello; pero de pronto y como por arte de magia los dos niños desaparecieron de su vista y las risas y gritos infantiles desaparecieron también. El ambiente se tornó inesperadamente extraño y silencioso, tenía ese raro impacto de un silencio sepulcral sorpresivo e inesperado.
 
Extrañada agudizó los oídos y la vista, intentando ver o escuchar algo más sobre aquel raro y profundo silencio, después de varios minutos pudo escuchar a lo lejos un llanto infantil continuo que le extrañó aún más. Reconoció en aquel llanto, los sollozos de Pedrito, hijo de María y preocupada dejó  sus quehaceres, decidida a buscar a los pequeños que había dejado de ver minutos antes.

Lo extraño fué, que Juan Fe, pese a que hacía pocos minutos había sido visto jugando alegremente fue encontrado durmiendo  pesadamente en su cama, muy bien arropado con las sábanas hasta el cuello; pero Pedrito  había desaparecido del lugar. 

Avisados de la desaparición, toda la familia lo buscaba desesperadamente, se llamó a vecinos quienes también empezaron la búsqueda y también conseguían escuchar muy distante el mismo llanto continuo que había escuchado minutos antes Doña Esperanza; pero el pequeño continuaba sin aparecer. Aquello era muy confuso y desesperante para todos. Todos gritaban el nombre del pequeño Pedrito, quien no respondía.
 
Después de varios minutos de una infructuosa búsqueda y ya cansados de gritar, alguien divisó entre los matorrales que daban inicio al monte espeso, un extraño cono hecho de tupidas ramas espinosas desde donde  parecía salir el llanto infantil. 
Todos corrieron hacia el lugar y observaron con asombro que aquel cono de malezas contenía dentro al niño que lloraba inconsolablemente, sentado en medio de un piso de paja limpia y seca. Ninguno podía siquiera meter una mano dentro de aquel extraño lugar.

 Así que inmediatamente corrieron a traer machetes para cortar las ramas que habían sido construidas perfectamente y daban forma a aquel extraño nido volcado. Nadie podía dar crédito a lo que sus ojos veían; pero no podían parar, tenían que actuar con prisa. 
 Cortaron las ramas y abrieron algo que a simple vista parecía una extraña puerta tan perfecta y simétrica, por donde el niño pudo  salir del lugar. 
 
Todos pudieron comprobar que tal y como le había enseñado su madre al escuchar las historias sobre el niño que continuamente les silbaba, el pequeño  Pedrito había ensuciado sus ropas con heces fecales, ya  que todos   aseguraban que el silbaco detestaba el olor de las heces y todo cuanto se refiere a suciedad y excremento humano. 

Cuando le preguntaron qué había sucedido y como había conseguido meterse dentro de aquel extraño lugar, sin puertas, el pequeño  mencionaba  al  extraño  amiguito  de  los  dulces  y  del
 silbido, que era quién lo había llevado y convencido para entrar ahí. 

Muchos años duró en aquel lugar la extraña casita construida de malezas y espinos.
La familia cada que veía la extraña construcción, aun tan perfecta decía:  
-          ¡Mira la casa de Pedrito!.
Hasta que el tiempo inclemente fue destruyendo poco a poco todo aquello.
 
Aquella vez y gracias a las recomendaciones de su mamá, el silbaco no pudo llevarse al pequeño Pedrito y hacer de las suyas en El Puente. 

Pedrito crece ahora extrovertido y feliz inventando sus propios juegos y aventuras, sin necesidad de ser amigo del travieso  silbaco.

En el pueblo de vez en cuando y para temor de los padres aún se escucha el silbido agudo del duendecillo, que intenta distraer, atraer y llevarse a algún niño bonito, que le haya gustado para compartir sus juegos. Los padres bautizan rápidamente a sus hijos aún muy pequeños y les enseñan a cuidarse del silbaco. Todos conocen de las astucias del duendecillo, ya que si existen dos hermanitas que pelean constantemente entre sí, amanecen con los cabellos finamente trenzados la una con la otra. Muchas veces hay que cortarles el cabello para poder separarlas. Y como dicen en el oriente tienen que quedarse “tusadas” a causa de las travesuras del silbaco.


                                                             
Tusadas: Término popular, que significa que se ha cortado el cabello casi desde la raiz.