Santa Cruz – Bolivia
Fiuuu fiuuuu era el silbido que siempre escuchaba
Pedrito al cruzar aquella estrecha calle
de tierra sedienta, besada por aquel sol abrazador, que era lo único que lo distanciaba de la casa de su
primo Juan Fernando. Silbido que conseguía distraer su atención y le hacía
incluso olvidar por momentos el motivo de su caminata.
Así
crecía Pedrito, siendo un niño precioso, travieso, tierno, de largas pestañas y
cabellos lacios y rubio. Vivía en aquel
pueblito oriental llamado El Puente, que a pesar de contar con una escasa
población mantenía y mantiene hasta ahora fuertes sus creencias enraizadas en
el tiempo, muy propias de las costumbres de la selva.
A
pesar de tener tan solo tres años de edad y unos pocos meses, era
independiente, seguro y ya podía hablar perfectamente, por lo que en casa le
permitían ir caminando solo, ya que la distancia entre su casa y la de Juan Fe
era corta.
Pero
siempre retornaba a casa diciendo que un niño delgado y alegre les silbaba, les
invitaba dulces, jugaba con ellos y les contaba cuentos. Esto preocupaba a la
familia, ya que en los alrededores no había más niños de la edad de los
pequeños.
Pero más que todo la preocupación se debía a que desde siempre se escuchaban
las historias del duende o “silbaco”, como en el pueblo se conocía al
duendecillo que rondaba algunos lugares para llevarse a los niños. A quien
en la mayoría de las ocasiones en que se lo había visto, iba con un gran sombrero
y ropa blanca e impecable y siempre conquistaba la amistad de los niños con
dulces y juegos.
Incluso se decía que si alguien dejaba solos a los caballos
amarrados en algún árbol, el silbaco en un descuido y en un abrir y cerrar de
ojos les trenzaba las crines. Y si alguna niña bonita de largos cabellos se
extraviaba en el monte y por suerte la encontraban, regresaba con la melena
completamente trenzada en finas trenzas que eran difíciles de destrenzar. Todos
esos comentarios y cuentos se tejían alrededor de las historias del silbaco y
los niños del lugar. Todos los habitantes del El Puente creían ciegamente en la
veracidad de todas esas historias, contadas por sus mismos abuelos y amigos.
Por
eso, cuando Pedrito retornaba de casa de su primo y contaba los juegos con un
niño desconocido, toda la familia se miraba en silencio, temerosa, ya que ellos
también escuchaban aquel silbido agudo y estridente que surgía de vez en cuando
de algún lugar de la selva; pero que todos desconocían desde donde provenían y especialmente de
quien.
Pedrito
contaba a detalle que cuando ellos jugaban, el niño les silbaba desde los
matorrales e interrumpía sus juegos, para luego acercárseles e iniciar un nuevo
y divertido juego. Pero extrañamente
ningún familiar conseguía ver ni conocer al niño del que hablaba el pequeño.
Aquella
tarde calurosa de domingo, Pedrito ya estaba con sus pantaloncitos cortos y su
camiseta preferida, impecable, listo para ir a buscar a Juan Fe y salir a
jugar.
Caminó unos pasos hacia la casa de su primo y cruzaron juntos al lote
baldío del frente, que estaba
rodeado de matorrales que se abrían paso a la selva virgen.
Doña Esperanza, perspicaz y alegre vecina de la casa, se encontraba horneando pan a pesar del sol ardiente de la tarde y desde su patio, conseguía ver a los dos pequeños jugando, riendo y gritando a voz en cuello; pero de pronto y como por arte de magia los dos niños desaparecieron de su vista y las risas y gritos infantiles desaparecieron también. El ambiente se tornó inesperadamente extraño y silencioso, tenía ese raro impacto de un silencio sepulcral sorpresivo e inesperado.
Doña Esperanza, perspicaz y alegre vecina de la casa, se encontraba horneando pan a pesar del sol ardiente de la tarde y desde su patio, conseguía ver a los dos pequeños jugando, riendo y gritando a voz en cuello; pero de pronto y como por arte de magia los dos niños desaparecieron de su vista y las risas y gritos infantiles desaparecieron también. El ambiente se tornó inesperadamente extraño y silencioso, tenía ese raro impacto de un silencio sepulcral sorpresivo e inesperado.
Extrañada agudizó los oídos y
la vista, intentando ver o escuchar algo más sobre aquel raro y profundo
silencio, después de varios minutos pudo escuchar a lo lejos un llanto infantil
continuo que le extrañó aún más. Reconoció en aquel llanto, los sollozos de
Pedrito, hijo de María y preocupada dejó
sus quehaceres, decidida a buscar a los pequeños que había dejado de ver
minutos antes.
Lo extraño fué, que Juan Fe, pese a que hacía pocos minutos había sido visto jugando alegremente fue encontrado durmiendo pesadamente en su cama, muy bien arropado con las sábanas hasta el cuello; pero Pedrito había desaparecido del lugar.
Después
de varios minutos de una infructuosa búsqueda y ya cansados de gritar, alguien divisó
entre los matorrales que daban inicio al monte espeso, un extraño cono hecho de
tupidas ramas espinosas desde donde
parecía salir el llanto infantil.
Todos
corrieron hacia el lugar y observaron con asombro que aquel cono de malezas
contenía dentro al niño que lloraba inconsolablemente, sentado en medio de un
piso de paja limpia y seca. Ninguno podía siquiera meter una mano dentro de
aquel extraño lugar.
Así que inmediatamente corrieron a traer
machetes para cortar las ramas que habían sido construidas perfectamente y
daban forma a aquel extraño nido volcado. Nadie podía dar crédito a lo que sus
ojos veían; pero no podían parar, tenían que actuar con prisa.
Cortaron
las ramas y abrieron algo que a simple vista parecía una extraña puerta tan
perfecta y simétrica, por donde el niño pudo
salir del lugar.
Tusadas: Término popular, que significa que se ha cortado el cabello casi desde la raiz.
Todos
pudieron comprobar que tal y como le había enseñado su madre al escuchar las
historias sobre el niño que continuamente les silbaba, el pequeño Pedrito había ensuciado sus ropas con heces
fecales, ya que todos aseguraban que el silbaco detestaba el olor de
las heces y todo cuanto se refiere a suciedad y excremento humano.
Cuando
le preguntaron qué había sucedido y como había conseguido meterse dentro de
aquel extraño lugar, sin puertas, el pequeño mencionaba al extraño
amiguito de los dulces y
del
silbido, que era quién lo había llevado y
convencido para entrar ahí.
Muchos
años duró en aquel lugar la extraña casita construida de malezas y espinos.
La
familia cada que veía la extraña construcción, aun tan perfecta decía:
- ¡Mira la casa de Pedrito!.
Hasta
que el tiempo inclemente fue destruyendo poco a poco todo aquello.
Aquella vez y gracias a las recomendaciones de su mamá, el silbaco
no pudo llevarse al pequeño Pedrito y hacer de las suyas en El Puente.
Pedrito
crece ahora extrovertido y feliz inventando sus propios juegos y aventuras, sin
necesidad de ser amigo del travieso
silbaco.
En
el pueblo de vez en cuando y para temor de los padres aún se escucha el silbido
agudo del duendecillo, que intenta distraer, atraer y llevarse a algún niño
bonito, que le haya gustado para compartir sus juegos. Los padres bautizan
rápidamente a sus hijos aún muy pequeños y les enseñan a cuidarse del silbaco. Todos conocen de las astucias del duendecillo, ya que si existen dos hermanitas que
pelean constantemente entre sí, amanecen con los cabellos finamente trenzados
la una con la otra. Muchas veces hay que cortarles el cabello para poder
separarlas. Y como dicen en el oriente tienen que quedarse “tusadas” a causa de
las travesuras del silbaco.
Tusadas: Término popular, que significa que se ha cortado el cabello casi desde la raiz.

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